Armonía de las esferas y de los poemas

Para ver el mundo en un grano de arena,
y el Cielo en una flor silvestre.
Abarcar el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora.

William Blake.

Galaxia

La música de las esferas

Pitágoras descubrió que los planetas, al girar, emitían sonidos musicales, y los llamó Armonía de las Esferas. Su teoría musical afirmaba que las distancias entre los planetas o esferas tenían las mismas proporciones que las existentes entre los sonidos de la escala musical: armónicos y consonantes. Los tonos graves se correspondían con las esferas más próximas, mientras que, las que estaban a mayor distancía producían los agudos. Estos sonidos orquestaban la mágica armonía conocida como música de las esferas.

Se dice que que el maestro de Samos era capaz de oír esta música cósmica, y expresar los intervalos musicales en proporciones sencillas de números enteros. Según dijo a los sacerdotes de Memphis, (Egipto), la capacidad de escuchar la armonía de las esferas, le había sido otorgada por el dios Thoth.

He venido al mundo para contemplar el Cosmos“, decía Pitágoras de Samos.

La virtud, según el sabio Pitágoras, consistía en la armonía interior del individuo, que le hace  elevar su mirada hacia  Universo. Y, puesto que la virtud es armonía, la música, y por qué no,la poesía, con su ritmo y su métrica, serán las prácticas más indicadas para purificar el alma y el cuerpo.

Quizás porque…. el Universo tiende a un límite. La poesía, no.

La feria del ayer

He vuelto.
Como si fuera tan fácil
abrir la puerta grande
de un pasado feliz
y sin más, colarte dentro.

Ya nada es como antes.
La feria regional,
el paseo otoñal
de campos y ciudades,
de tardes familiares,
y bailes sin final…

Carteles coloristas
que mostraban
la vida en primer plano;
caballos con crines
de espigas,
labriegos bronceados,
y el sol en la alquería,
todo luz, todo prado.

Los bueyes con su arado,
tractores surrealistas,
y un gallo,
un gallo siempre cantando,
con voz cosmopolita.

Carteles publicitarios

Pórticos y  patios,
naranjos y jazmines,
con vianderos gentiles
detrás de cada plato.

Folklore de colores,
donde vivimos tiempos
mucho mejores.

¿Y ahora? ¡A nadie ya se oye!

Tan sólo mis pasos rompen
el silencio sepulcral
de un gigante
de cristal
con el esqueleto al aire.

Aire sin toque de campanas
ni giros de veletas.
Sin sones de charangas
ni baladas eternas.

Sólo huérfanas meriendas,
de rancias ensaimadas
y buñuelos de niebla
en vez de viento,
con crema de
de tormenta.

Columpios solitarios,
que el viento balancea,
castillos que no son
refugio de princesas.

 Es todo lo que queda.

Oxidados pabellones
que ayer fueron anfitriones
de una Europa iluminada,
hoy son almas de chatarra
y nada más;
dinosaurios sin edad,
sin huella y sin esperanza.

Sobre esta gran telaraña,
de oscuridad industrial,
sólo cabe desmontar
pieza a pieza
la mirada.

Hexágonos de hormigón,
que en su día construyó
un geómetra virtuoso,
premio a la modernidad.
Pero tales maravillas
muy pronto van a quedar
convertidas en sombrillas
de un gran hotel estival.

Y el anfiteatro en ruinas,
con tupida gabardina
de hierba que sin mesura
devora cada estructura
y todo vuelve
a ser selva.

Ese rincón recoleto,
donde mi ayer jugó,
inquieto,
a la sombra
de los álamos….
¡Ya no está!

La falta de suelo urbano
ha dejado sin raíces
el jardín de mi pasado.

¡Aprendamos a soñar!

SOLEDAD

Es el diente que se afila
entre carnada y espíritu.
La balada del grillo
al despuntar septiembre.
El roce del estío.
La vieja foto del amado.
Un volcán de silencio, un fuego frío.
Un aliento caliente sobre el cristal nevado.

Es la llave olvidada
con la puerta cerrada y nadie adentro.
La estación de tren abandonada.
La ventana maltratada por el viento.
El muro y la tenaz enredadera.
La gota fría donde suele anidar
la Primavera.

                             

¡SOLEDAD!

Envolvente al principio
como la desnudez adolescente.
Asfixiante al final,
como el mensaje en una botella,
como el negro grillete medieval.
Liberadora siempre,
como el místico efluvio
del altar en penumbra.

Soledad, eso es.

La soledad de Dios,
creando imperfectas semejanzas.
Y la del astro. Y la del águila.
Depredadora voraz, abrumadora,
como un beso infinito
que sin matar ahoga.
Como un charco de luz
y negra tempestad.
Plenitud y vacío.
Soledad nada más.

SOLEDAD

Jirón de ancianidad
con un saco de siglos
en los huesos.
El olor a desván.
El oscuro final de la escalera.
Y el chasquido del diente,
solitario, lloroso y sonriente
de mi vieja y roída calavera.

¡Ay soledad, qué bien te llevas con la muerte!

Día de entierro

Campanas fúnebres suenan
y aunque no es día festivo
ancla su barco el marino,
cierra el maestro su escuela,
y  su azada el campesino
deja olvidada en el huerto.
Todos deben acudir:
el más rico del condado
ha muerto.
El cliente y el padrino,
el villano y el vecino,
el pariente, y el  buen clérigo,
lucen sus mejores galas
camino del cementerio.

Ya por fin todos están
rodeando  al mausoleo
según su clase social,
como si fueran un coro.
¡Esto no tiene remedio!
Nunca nadie asumirá,
que al brillar el mármol
se apaga el oro.
Aunque un sudario de tul,
y forrados de satén
adornen el ataúd,
es la  balanza final
la que no pesa el poder,
sino el don de la virtud.

Ya las ánimas reposan
bajo el signo de la cruz;
no tiene rostro ni forma
quien se ha bebido la luz.
Es el señor de las sombras,
y guardián del fuego fatuo.
Ya no hay rezos.Ya no hay cantos.
Han apagado su voz
los cascabeles del llanto.

En los oscuros jardines
ya sólo mora y pervive
la flor que perfume llora
pues los mejores aromas
los derraman los jazmines
entre el ocaso y la aurora.

Patrimonios, heredades,
linajes y porcentajes,
avaricia y vanidad…
No hay tesoro duradero;
papel, ladrillo y metal
sólo son polvo fugaz
para el sepulturero.

La muerte es el ejemplar
de la ciencia y la conciencia
que convierte sin dudar
la majestad en miseria.
El lujo de la humildad
es la verdadera esencia.
Lo demás es ilusión
como la vida,
el olvido y el amor.

.

Eros y Tanathos

Al girarle los ejes al destino,
engendré las desdichas que me asolan.
Despoblados los mares de mi suerte,
a la deriva entrego mis memorias.

Hoy mi alma navega en solitario,
sin albedrío, sin fe, sin trayectoria.
La hora de la partida
en la cima  del  silencio.
¿Acaso gime o palpita
la soledad de los muertos?
¡La hora de la partida

¿Es la magia que convierte
la grandeza en agonía? 

Nadie hay ya, a esta hora desvalida
para darle sentido al desconcierto.
Nada hay ya, mar adentro ni en la orilla,
sólo el tiempo decapita los recuerdos.
Y la voz, estertórica y vacía,
de la carne despidiéndose del hueso.

Es tan sólo un alarde más del viento
el que impulsa mis velas malheridas.
Así pues, de olvidar, es ya momento,
el sinfín de espejismos de mi vida.

Ya este  barco a la deriva
ni naufraga ni navega.

Con mi mejor moneda
le pagaré al barquero
si las aguas no bebo
del río del olvido.
Y será mi  castigo
tu perpetuo recuerdo,
mi sepulcro vacío,
mi solitario encuentro.
Y la huella dorada
de mi cometa errante.

El demonio y su estrella
descenderán conmigo
hacia el profundo valle;
donde habrá flores negras
y escaleras flotantes
sin principio ni fin.
Y ese último diente,
cabalgando sin brío
como un viejo jinete
en un penco plomizo.

No es rojo y refrescante
el labio que agoniza,
no tiembla en él la risa
ni la voz susurrante.

Un aullar penitente,
un pudridero errante,
así es la muerte.
Y mil nubes  de fango
bebiendo de  mis labios
el vapor de la vida.

La muerte es el espejo
donde nadie se mira,
y en su oscuro cristal
tu leyenda y la mía
ya danzan noche y día
con la inmortalidad.

Y el oscuro planeta se ilumina.

Adiós a Pimpinela

Te encontré bajo el sol,
una mañana.
Fugada te creí
del reino de las hadas,
y cautiva quedó
de tu felina curva
mi soledad humana.

Refinada siamesa,
te convirtió la Luna
en astuta princesa
de la corte gatuna.

Me diste  sin rodeos
la magia y la ternura,
y de extrañar no es
que un vínculo nos una,
si un dulce ronroneo
fue mi canción de cuna.

Yo nunca olvidaré
tu sigiloso acecho,
siempre atento
al manjar de mi provecho.
La salchicha robada,
la fuga a la azotea,
la siesta en la ventana.

Y el sofá del invierno.
posada sobre el pecho
dormías cual estatua
de peludo pertrecho.
Cosquilla en mis mejilla,
de tus bigotes tiesos.

Y ahora ¿dónde te has ido?
Hoy la noche  caerá
en tu tejado vacío.
Bajo el claro de luna
se ha ido a pernoctar
tu peor travesura.

Tu huella en la vereda,
tramposa y zalamera,
jugando seguirá
con las hadas del río.

Tu abrigo gris canela
no me viste de olvido.

¡Adiós a Pimpinela!

 

La rosa de los vientos

Viento. Aire
Mil fronteras traspasa,
como un fantasma etéreo,
invisible y salvaje.

Al fondo de los mares
le ha rendido sin pausa
tributos bien dispares;
tesoros de piratas,
galeones errantes
y todo el porvenir
del incauto emigrante,
le rindieron su ancla.

Como a diablos
al viento
con coraje se enfrenta
la fe del navegante.
Y en las nieves perpetuas,
apagaron los céfiros
la antorcha de la ciencia.

¡Oh, vientos implacables!

Transparentes  e inmensos,
como el primer vacío
entre Dios y su ausencia.
En la ciudad sin nombre
este universo empieza.

Madre soy de los vientos,
esos que nunca cesan.

Con la muerte he bailado
sin perder el compás;
sin saberlo he  pactado
con el ángel caído
y a la guerra he traído
un oasis de paz.

Peregrinan mis vientos
por espacios prohibidos.
Del Ecuador arriba,
tanto temen su calma
como su ira.

 Tramontana bravía,
y el cegador Siroco.
Vaivén del Mediodía.
Levante que sacude
las jarcias al volar.
Poniente como el fuego,
que abrasa cuando besa,
y brisa que regresa
del fondo de los valles.

Cautiva soy del  viento,
aquél  que nunca  cesa.
Soy reina y hacedora
de las nubes errantes,
de la ola gigante,
ojo del huracán.
Azul escalofrío,
agitando con brío
las campanas del mar.

Que gire la rueda

Nace de donde yace.
El paso del silencio
estremece e inspira,
se apodera del valle
cuando se calla el viento.

¡Silencio!

Que ya reposa el verbo
y apenas languidece,
en el pálido labio
de la Bella Durmiente;
en espera del beso
que su rubor despierte.

Silencio
es la nota dormida
en el arpa de Bécquer.

El que la musa vista
con luces de colores
la desnudez del lienzo
¡es obra del silencio!

Y música de esferas
sin voz ni partitura,
flotando en la laguna
del silencioso cielo,
sólo es…. silencio.

Soledad y silencio.
Las alas con que vuela
el alma de los genios.

Silencio.  Soledad.
Los ejes de la rueda
que gira sin cesar.
Veleta y veleidad,
santidad del silencio
de corte existencial,
como el paso del tiempo.

Girando. Avanzando. Parando.
Volviendo.

Una vez y otra más
Soledad y silencio.


 

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